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Francisco Rojas
El Universal
3 de noviembre de 2009

A partir del monto previsible de los ingresos públicos, la Cámara de Diputados aprobará a más tardar el próximo 15 de noviembre el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2010, con vistas a que el gasto público sea un instrumento eficaz para atenuar los efectos de la crisis sobre las familias de los agricultores, trabajadores y pequeños y medianos empresarios del país.

Cada vez hay más indicios de que la recuperación del crecimiento sostenido en el mundo tardará más de lo que se pudo prever hace un año, y que el empleo reaccionará con mayor rezago aún. México no puede influir sobre estas circunstancias, pero sí tiene la opción de fundar la reactivación de su economía en el mercado interno y reconocer que éste sólo podrá fortalecerse mejorando los niveles de ingreso de los distintos estratos de la población y aumentando el empleo: éstas son las dos prioridades nacionales que deben unir los esfuerzos de todos.

El Congreso es responsable de legislar, pero el gobierno y el ejercicio del gasto corresponden al Ejecutivo. Los diputados y senadores, sin embargo, tenemos la obligación de hacer que las tareas legislativas contribuyan a preservar la integridad del país, especialmente en momentos como el actual y a reconstruir las bases del desarrollo económico y social. Nuestro compromiso no termina con la aprobación del paquete fiscal; nos queda por delante promover cambios para el crecimiento sustentable y la corrección de las grandes debilidades del modelo vigente.

En esta perspectiva, el grupo parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados está resuelto a proponer acciones que faciliten a los gobiernos federal, estatales y municipales la adecuada atención de las demandas sociales, que fortalezcan sus fuentes de recursos y adopten un sistema presupuestario capaz de promover la eficiencia, la transparencia y la rendición de cuentas.

En la discusión presupuestaria, el PRI impulsará: la reducción del gasto corriente de los tres poderes y los organismos autónomos; el aumento de la inversión pública principalmente en carreteras, obras hidráulicas, escuelas y hospitales y su equipamiento; el impulso a la calidad educativa sobre todo a nivel superior, y el fomento de sectores estratégicos como el agropecuario y el de las Pymes.

Estos objetivos no son privativos de una fracción parlamentaria; corresponden a todos los actores políticos y económicos del país, ya que el desafío de la crisis económica no es diferente para quienes piensan de una u otra manera. Por ello el primer requisito ante la adversidad es la participación de todos y la conjunción de ideas, que pueden ser distintas pero deben complementarse por el bien de la nación, pues las mejores soluciones se construyen con la concurrencia de todos. La gran responsabilidad de las actuales generaciones de mexicanos es la concordia, la tolerancia, la búsqueda de acuerdos. Tenemos un conjunto de valores que nos identifican como nación, estamos en medio de una situación económica compleja que a todos afecta y debemos definir, también entre todos, los objetivos inmediatos y de más largo plazo.

El gran obstáculo es la exclusión –empezando por la económica, que se manifiesta en la pobreza y la desigualdad–, pues inhabilita toda intención común. Los apartados de la prosperidad colonial se rebelaron hace 200 años y fueron también los marginados los que, un siglo después, combatieron al régimen porfirista.

Pero no sólo la desigualdad nos ha disgregado; también la intolerancia. Enfrentados unos con otros siempre nos hemos vuelto vulnerables como país; la historia así lo demuestra. Somos, claro, una sociedad heterogénea en lo económico, cultural y social y no debemos permitir que la diversidad nos fracture. La opción no es la uniformidad antinatural de ideas y voluntades; tenemos un destino común y el derecho a construirlo entre todos. Nuestro pasado remoto y cercano es fuente de experiencias y no debe ser motivo de nuevas discordias o recriminaciones, sino la base de nuestros proyectos hacia el futuro.

El comercio y el flujo de capitales se estrechan y los delgados márgenes de la cooperación para el desarrollo tienden a disiparse. En estas circunstancias, México tiene que buscar sus propias soluciones, y no trasplantar remedios surgidos de otros países. Las respuestas que debemos articular no son sencillas ni gratuitas, pero no podemos sentarnos a esperar que los problemas se resuelvan solos; es la hora de actuar conjuntando los esfuerzos de todos los actores.

Coordinador del grupo parlamentario del PRI

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