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Un paréntesis: Friedeberg
Guillermo Sheridan
El Universal
3 de noviembre de 2009

Interrogado en 1966 sobre cuál es “la reforma social que más estimaría”, el joven Pedro Friedeberg (tenía 29 años) respondió de inmediato, con radical certeza: “Pavimentar de cajeta el Zócalo”.

Me encanta Pedro Friedeberg.

 

Raro natural, sutilmente estrambótico, maniático de minucias asombrosas, erudito fascinado por el carácter enumerativo del mundo, Friedeberg ha creado desde hace 50 años un arte hipnótico y lúdico, fastuosamente personal y hospitalario. Es un hombre curioso Friedeberg, pero de la curiosidad de veras, leal a lo imprevisto, surgida de una gimnasia mental voraz y ordenada.

 

Leí no hace mucho sus memorias sabrosísimas: un largo y detallado paseo por su vida con el trasfondo de un México por el que desfilan Matías Goeritz, Edward Jones, Leonora Carrington y la brillante generación de artistas y escritores a la que se ha dado en llamar “de medio siglo”. Deberán aparecer muy pronto, publicadas por la Editorial Trilce.

 

En su página web se presenta así: “He inventado varios estilos de arquitectura, así como una nueva religión y dos ensaladas… Admiro todo lo inútil, frívolo y ocurrente. Detesto el funcionalismo, el posmodernismo y casi todo lo demás… Estoy seguro de que muy pronto la humanidad arribará a una época maravillosa, absolutamente desprovista de sillas Knoll, pantalones para hacer jogging, zapatos tennis, gorras de baseball puestas de lado y la obscenidad de los jardines de rocas japoneses… Me levanto al romper el mediodía y, después de regar mis pirañas, desayuno comida corintia. Más tarde, tomo un lunch jónico seguido de una siesta dórica. Los martes dibujo una voluta o dos y quizás un pedimento, si estoy de ánimo. Los miércoles los dedico a la anti-meditación. Los jueves acostumbro a relajarme y los viernes escribo autobiografías.”

 

Su arte gráfico, sus pinturas y esculturas, muebles y objetos, obsesivos y compulsivos, dadaop y surreopop, son una maniática máquina visual. El interior de sus vertiginosos cubos, atestados de signos, listas, sonetos, nombres, semas sincréticos, gestos sincrónicos, paseos absurdos y baladíes. Y sus recientes paisajes: ciudades delirantes y cielos redactados, pedimentos y volutas, urbanismo angular y aéreo, deliciosamente desprovisto de todo (gente, por ejemplo) lo que no sea forma, perspectiva, un concierto de zigurats, campaniles, aedículas, paralelepípedos rosáceos y negros, disparados desde múltiples puntos de fuga. Unos caleidoscopios paralíticos bajo cielos cargados de cometas de trementina, una relojería profusa que marca los segundos de un delirio delicioso. Ciudades que podrían ser las pesadillas de Euclides, o paisajes de Borges, o conciertos de Haydn traducidos a geometría, o multifamiliares diseñados por Carroll o Raymond Rouss para cuando el Infonavit les dé su casa a Duccio y a Brunelleschi.

 

Y abajo de ese pasmo, el título exacto: “Proyecto para la remodelación de Toluca”…

 

Desde el miercoles 21 se muestra una retrospectiva de Friedeberg en el Museo del Palacio de las Bellas Artes. Recomiendo acudir a concentrarse y a desconcertarse.

 

 

 

 

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