Fue la naturaleza amor primero nunca preterido. Del amor por la naturaleza emana nuestro amor por el arte. Modela los meandros de nuestras almas, en las que incuban y anidan íntimos impulsos totalizadores de los que nace nuestra búsqueda de la belleza recreada por los humanos en el sinfín maravilloso de las artes. Sólo cuando el hombre vuelca sus reflexiones sobre la naturaleza, el alma se llena del asombro de la hermosura creada por Dios. Admira entonces el hombre desde su interior visión y proyecta el encendido amor que lo convierte en reflejo de lo exterior, y entonces recrea para sí y para los demás el paisaje, remirando, recorriéndolo en el recuerdo, llevándolo a la pintura o a las letras.Fuimos al pueblo de Tarímbaro, a la iglesia de la Virgen de Caña en el modesto camerino. Excursionamos a Charo, el de la enorme torre de la iglesia del siglo XVI, en uno de cuyos altares se venera al Señor de la Lámpara, un Cristo de pasta de maíz de caña hueca amasada con tazinche, el engrudo tarasco: un dios hecho paniso amoratado de sangre enmohecida. En el convento descubrimos murales tapados con burda cal, pinturas que vinieron muchos años después a convertirse en vanagloria de los restauradores pagados por el gobierno. Aromas de humedad sacudieron nuestros rostros viajeros cuando el camino descendió al poblado de Quiroga. Nos reímos del insólito semáforo, único en la calle invadida por los puestos cuajados de artesanías, de la policromía de jícaras y baratijas, por los tazcales con tortillas, por las bateas de zóricua, por los cazos desbordantes de carnitas humeantes que saboreó nuestra hambre golosa. El mole y los tamales de pipián, el pan de maíz en forma de triángulo, la olla rojiza con las corundas envueltas en hoja verde de milpa, los tazcales colmados de tortillas. El pan de hojaldre con figura de muerto, de conejo, de novillo, de perro, de carpa, de codorniz, de gallina. Las galletas de manteca, las calacas de dulce sonrosado, el atole de maíz blanco, las gorditas de masa morada, el chocolate en tablilla, el quiote de plátano para candelero de las velas, los festones de guayaba, las jícaras rebosantes de toronjas, melones, limas, chayotes. Y la pepitoria, el ajonjolí, la panela y los caballitos almibarados amontonados en bateas con papel picado. Almas en pena y hieráticos rostros, hombres y mujeres y sus atuendos permanecían inmóviles, asentados en su limbo, en el rincón terrenal del aquelarre macizo de la noche y del panteón, en el sitio de encuentro para el regreso de los seres ya idos, que también almas en pena vendrían desde el purgatorio, el cielo o el infierno, invisibles a los visitantes intrusos y mirones, para conversar con sus deudos. El murmullo del rezo se ensartaba entre las tumbas: “Diósquén haué hucárin, María gracia uiníri...”. A fuerza de escuchar las avemarías, Rubaldino podía repetir ya las primeras palabras del cansino rosario: “Diósquén haé hucárin, María gracia uiníri...”. Y el padre mío, don Rubaldino; padre mío don Rubaldino, ¿estarás con mi madre doña Carmela, como Jesucristo, sentados a la diestra de Dios Padre…? Tatá huchari… Tatá huchari… Tata huchari... jodeortiz@gmail.com Escritor |