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¿Qué pasa en las estaciones?
Mónica Lavín
El Universal
7 de noviembre de 2009

Imagine ser un viajero, o alguien que toma el tren en Amberes para ir a trabajar a Bruselas. Todos los días pasa por esa estación, o es turista y es su primera vez, o es fin de semana y la familia va a salir. De pronto en la sala central de ese edificio esplendoroso y activo, se escuchan las notas de aquella canción de todos familiar: “Let´s start at the very beginning…” , la más conocida de la película La novicia rebelde (The sound of music) donde Julie Andrews, María, cantaba y hacía cantar a los niños Von Trapp en medio del campo y tañendo su guitarra (sorpréndase de este dato frívolo, pero hasta hay una Barbie de colección que emula a María en ese atuendo tirolés, con guitarrita y todo). De pronto, un hombre en traje oscuro y corbata, todo bríos, salta al centro de ese suelo enlosetado y comienza a bailar, una niña mochila al hombro lo toma de la mano y se une al baile, enseguida otras tres mujeres y luego, ante su asombro y el de los otros viajantes que miran sonriendo, que repiten la letra de la canción que conocen (Do a dear, a female dear…), personas de todas edades, aspectos y vestuarios, que son como uno, como usted, como yo, se integran a la coreografía perfectamente sincronizados, jubilosos hasta que no queda un hueco y las 200 personas confluyen al centro y luego se apartan y terminan con una caravana ante un entusiasta aplauso. Esta sorpresa en la Estación de Amberes en Bélgica es un spot publicitario para un Reality show, pero es sobre todo una inesperada y gozosa irrupción. Ha sido visitada en Youtube más de 12 millones de ocasiones y yo confieso haberla visto varias y emocionarme con la escena (vi la película seis veces cuando era niña en el entonces cine Manacar donde estuvo en cartelera varios meses).

Pero la estación de trenes belga no es la única donde ocurren montajes inesperados. A principios del 2008, en la Estación Central de Nueva York a las 2:30 pm un grupo de personas se quedó paralizada en la posición en que se encontraba: andando, comiendo un plátano, recogiendo unos papeles en el suelo, mirando la pantalla de salidas y llegadas. Ante el desconcierto de quienes pasaban, los congelados permanecieron inmóviles por algunos minutos, luego, para alivio de todos, y de un montacargas detenido la vida siguió su curso. La misión se llamó Frozen Grand Central y estuvo a cargo de 200 agentes del grupo formado por el comediante Charlie Todd. El grupo se llama Improve Everywhere (Mejorar cualquier lugar) y realiza improvisaciones colectivas en Nueva York desde hace más de cinco años, desde musicales en sitios de comida rápida, hasta viajes en Metro en calzones, paseantes con correas que llevan perros invisibles o la llamada Espejo humano, donde varios gemelos idénticos ocupan varios vagones del Metro sentado uno frente al otro: una situación alucinante. El lema de este grupo es causar caos y alegría en lugares públicos. Una tarea que sin duda viste a las ciudades de sorpresa, permite lo inesperado, salpica desconcierto y sonrisas. Bromas colectivas en las que participan algunos de sus miles de agentes. Sin duda, esta manera de intervenir las ciudades con imaginación, a través de un acuerdo entre desconocidos, refuerza la necesidad de pertenecer. De ser uno más en la coreografía, de poderse desprender de los pasos habituales y lanzarse al ruedo de lo inesperado. De haber estado en Amberes el día y a la hora precisa, me hubiera encantado ser una que se uniera a Do a dear…, en esa ensayada espontaneidad; 14 mil pudieron hacerlo en el DF bailando “Thriller” como tributo a Michael Jackson, lo que nos valió el primer lugar en el mundo. No está mal que a las ciudades y sus lugares públicos se les saque jugo con la sorpresa y la participación, que se refresque la imaginación y la manera de habitar nuestros espacios más allá de los problemas que nos asaltan, que nos sintamos parte de ella y lo manifestemos por vías del gozo.

Yo ya estoy practicando el baile por si acaso nos convocan a la estación Buenavista.

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