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Parecen de cuento

Desde hace 50 años en la sierra norte de Oaxaca algunos pueblos se organizaron para recibir a viajeros interesados en saber acerca de su estilo de vida y disfrutar de los paisajes. Fue el inicio del turismo comunitario. Ahora se les ha denominado: “pueblos mancomunados”


El Universal
Domingo 1 de noviembre de 2009

IXTLÁN DE JUÁREZ, Oaxaca.— Estamos a 3 mil 120 metros sobre el nivel del mar. Hemos dejado atrás una gruta donde se puede hacer rappel.

Mientras caminamos entre la montaña, observamos muchas variedades de hongos, algunos se pueden comer y otros son venenosos; también hay bromelias, oyameles y muy cerca un orquidiario con 70 especies. La temperatura baja a cinco grados centígrados y conforme avanzamos la humedad es mayor. “Aguas”, advierte don Laudencio, el  guía, “aquí deben agacharse para  no maltratar el helecho”.

Seguimos sus indicaciones y una neblina comienza a bañar el bosque: “Eso es porque los vientos del Pacífico y del golfo de México se juntan”. Nos mojamos la cara, caminamos escurriendo y el piso de tierra y hojas se pone resbaloso.

¡Por fin! logramos atravesar la cortina de culantrillo y millones de árboles vestidos de musgo nos saludan. Son enormes, parece que tienen brazos, “como los de  El Señor de los Anillos”, dice Koko, quien nos trajo en su vehículo hasta la sierra.

Se nos figura que  en cualquier momento van a moverse, a  estirar sus largas ramas y... “¡Silencio!”, nos regaña don Laudencio. “¡Miren ese venado!” .Algunos imprudentes no se aguantan las ganas y gritan: “¡Foto, foto!”.  Y todo se echa a perder. El animalito se escapa de vista entre la maleza.

Nuestro guía extiende los brazos: “Bienvenidos, estamos en el bosque mesófilo o de niebla. Estos robles miden hasta 20 metros y tienen cientos de años. Se distingue por la cantidad no sólo de musgo que hay en su tronco, sino de otro tipo de plantas y flores”. Otro universo que crece entre las ramas.

Quedamos pasmados. No podemos movernos y no nos queremos ir. Creemos que un hada puede salir en cualquier momento y revelarnos nuestro destino. Aunque no sería una idea descabellada, Laudencio nos contó que algunas personas han visto duendes. “Por favor, esperemos un poco más. ¿Se puede acampar?”,    le grito al guía, quien me contesta con una sonrisa : “No es el mejor momento, las noches son de menos cero grados, pero se puede hacer.

Regresa en mayo, es más cálido”.  Ni modo, la verdad es que la felicidad es momentánea y mejor le saco fotos y bebo agua de las hojas, porque gracias a la constante lluvia y la humedad,  el líquido es el más puro, incluso sabe dulce.  Sí, estoy en Ixtlán de Juárez, en Oaxaca. A cada rato me  repito que  deseo quedarme en este lugar.

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