Son las cinco de la tarde, vamos por la carretera 175 hacia Capulálpam. Hay curvas, me dan nervios y me aferró al asiento del automóvil. “Con la sierra no se juega”, dice Koko, nuestro guía. Aquí los kilómetros no importan, a veces puedes hacer una hora y a veces dos, no hay que confiarse”. La temperatura ambiente es de cero grados. La primera nota que escribo en el cuaderno es que hay que traer impermeable porque además del frío, la brisita de la neblina va mojando y ni cuenta nos damos. Estamos 2 mil 500 metros sobre el nivel del mar. En la sierra hay una hora menos, así que tendrás que atrasar tu reloj una hora (si vienes en horario de verano), ya que ellos decidieron no hacer cambios, no les hace falta; pero lo más importante, ven en camioneta, los caminos son todoterreno.
Con pan de anís y curados
Nuestro itinerario indica que tenemos que subir al mirador de C apulálpam, pero Vicente Martínez, representante del pueblo, ya nos dijo que aunque lo hagamos no veremos nada, que mejor vayamos a su Centro de Medicinal Indígena Tradicional. Tampoco tenemos suerte, no hay nadie.
“¿No será por qué es domingo don?” y Vicente se sonroja. Entonces le pedimos que nos cuente sobre el lugar, pero sugiere una tercera opción, la de visitar a Eloísa, la curandera.
Caminamos hacia arriba y abajo calles empinadas. Todas las casas están adornadas con flores de ojo de venado.
Las seis, casi oscurece. Doña Eloísa Juárez nos recibe en su jardín. Ni nos ha preguntado quiénes somos y ya pidió que nos sentáramos.
Su casa huele a leña y no importa el orden de las cosas. Hay fotos en blanco y negro colgadas en las paredes, pero sólo una destaca, el retrato a color de uno de sus hijos. Ella tiene 60 años y desde los ocho aprendió con su tía los nombres de cada planta y su uso: “, yo hilvanaba camisas y luego me mandaba a que le cortara las plantas, pero me equivocaba y me hacía ir de vuelta por la que era. Así aprendí, de ver y de oír”. Pero también sabe y muy bien, de un oficio ya casi inexistente, el de partera. “Ese me lo enseñó mi mamá, mi abuela también lo hacía y a los 12 años ya sabía acomodar bebés”. De eso trabajaba en el Centro de Medicina Indígena. Tiene 49 años de experiencia en eso, y cuenta que una ocasión curó a una mujer que venía de Puebla y que no podía tener hijos. Ella la limpió. Pasó un año y la mujer regresó para que Eloísa recibiera a su varoncito: “Les hago masajes, curo de empacho, de espanto, no más los veo y luego ya sé que tienen”, dice y ríe a la vez.
Pero los secretos son muchos y aunque nos confesó que tiene un pequeño jardín con plantas medicinales, nunca nos quiso revelar cuántas y cuáles eran. “Eso no se los voy a decir. Eso sí, no las tengo todas, muchas de ellas las voy a comprar a la ciudad, como el coachalalate”. En Capulálpam hay más de dos mil tipos de plantas.
Afuera empieza a llover y otro de los hijos de Eloísa nos pregunta: “¿Un mezcalito para calentarse?” Sin pena no lo pensamos dos veces.
Literalmente nos metemos hasta la cocina, donde la mesa está dispuesta con pan de la sierra hecho con anís, café y chocolate de agua.
El mezcal al que le hacemos gestitos mientras lo tragamos es un curado de granada casero, mezclado con panela (tipo piloncillo) y aguardiente. La verdad no sabemos bien a bien cómo es que nos dijo que lo hizo, pero su sabor es único, algo agridulce.
Quienes viven en la sierra y en Capulálpam todavía hablan de la canícula (que son los días del año en que hace más calor) y entienden que la luna puede definir si el hijo es varón o mujer: “Cuando está llena, es hombre”, dice Eloísa, quien tiene seis hijos y ocho nietos, ellos de a poco, aprenden de ella. “Esa es la costumbre”, y besa a su nieto.
Nos despedimos. Es hora de cenar, así que vamos a uno de los comedores del pueblo. Pedimos quesadillas, otros estofado de pollo. Por ley en la mesa habrá un tazón de chocolate y pan. Luego vienen las enormes tortillas hechas a mano y, por supuesto, un caballito de mezcal. El menú de estos comedores cuesta alrededor de 50 pesos. Mientras llenamos el estómago, Vicente nos cuenta que en mayo se celebra un concurso de patios y jardines donde participan 40 casas. “Este año ganó la casa de Manuela Olivera y le dieron de premio 2 mil 500 pesos”. Los turistas principalmente son los jueces, ellos recorren las casas y votan por su favorito. Pueden convivir con los habitantes y comer según la hora en la que lleguen. Si no se quieren quedar en cabañas, pueden dormir en los cuartos que se rentan por unos 100 pesos.
Mañana visitaremos el Templo de San Mateo, del siglo XVI, y si hay buen tiempo el Mirador El Calvario y Los Molinos, un centro recreativo donde se practica bicicleta de montaña y caminatas de observación de flora y fauna.
Regresamos a las cabañas. Tenemos una sensación de nostalgia y los silencios se hacen más grandes. Tratamos de prender la chimenea, no tenemos éxito y mejor nos vamos a dormir.
Lecciones de la sierra
“Una idea triste en un momento de alegría”. Frase profética, no sé de qué, pero la leí en un libro de Pessoa. Eso es lo que se siente cuando logras que salga agua caliente de la regadera y el frío por fin te deja en paz. Pero eso es algo que se aprende aquí, porque aunque todo esté acondicionado, los calentadores son de paso y debes esperar para que vuelvan a funcionar; tercera lección que nos dio la sierra. La segunda es que si vienes, debes saber prender fogatas o, en su caso, una chimenea. “No, no puedes colocar madera húmeda o una encima de la otra, deben estar inclinadas”, según Laudencio Santiago, nuestro nuevo amigo en el pueblo de Ixtlán de Juárez.
Aquí fue bautizado el Benemérito, don Benito Juárez, en el Templo de Santo Tomás Apóstol.
Para llegar a este segundo pueblo mancomunado, manejamos 25 minutos. Es lunes, y se nota en Ixtlán. Los niños corren a la escuela y un tianguis de verduras regionales y chile de agua comienza a enfilarse por sus calles. “Mejor entra al mercado, en el local número 10 está Tomasa, ella es la única que vende barro auténtico de Ixtlán”, dice Laudencio.
La busco, le tomo fotografías y se las enseño. Entonces me dice que tiene toda su vida haciendo ollas y recipientes de barro, que los cocina en la tierra y espera días a que se sequen. Cuestan 30 pesos. Regresó con mis amigos y don Laudencio nos guía a Ecoturixtlan (www.ecoturixtlan.com) donde hay cabañas para dos personas por 550 pesos o puedes acampar por 50 pesos por persona.
Desde el pueblo nos trasladamos al mirador. Llegamos en 20 minutos. Desde ahí se observan otros pueblos, Ixtepeji, las Ánimas. Luego, bajamos a la gruta donde se puede hacer rappel, mide 110 metros de profundidad.
En la montaña, Laudencio nos habla de la vegetación, de que todavía hay venados, que no vayamos a tocar la flor de ortiga porque nos va a arder la piel y el efecto dura un par de días. En una de esas pierdo el equilibrio y toco una ortiga. Siento como si me hubiera cortado o astillado, y ni digo nada, me da pena, no se vayan a reir de mi y me froto con un poco de agua.
“Miren, es poleo”, señala Laudencio unas hojas con olor a perejil que se toman en té y curan la cruda. Sirve para el dolor de cabeza y es común que en una boda de Ixtepeji se regale a los invitados un ramito de poleo.
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