Portada > Destinos

Señores de la creatividad

Pedro Martínez le está dando forma de olla al barro. Nos da un pincel para hacer el petatillo, esas las líneas diagonales, como si se estuviera plasmando un petate sobre la vasija. Se le pueden dibujar flores. Después, al horno


El Universal
Domingo 1 de noviembre de 2009

Pedro Martínez le está dando forma de olla al barro. Nos da  un pincel para hacer el petatillo,  esas las líneas diagonales, como si se estuviera plasmando un petate sobre la vasija. Se le pueden dibujar flores. Después, al horno.

Sus piezas   se pueden adquirir  desde los 200 pesos. El pueblo de Pedro se llama Capula, a 25 kilómetros de Morelia. Y nosotros  hemos venido a conocer como se elabora la cerámica sin plomo.

Ahora nos vamos a Santa Fe de la Laguna, a la casa de adobe de  doña Oliva. Ella trabaja el vidriado negro. Primero hay que hacer la pieza de barro, después el pastillaje, una técnica prehispánica como si se fueran poniendo sellitos de flores, mariposas u hojitas en toda la pieza. Se calienta el candelabro, incensario o el brasero, lo que se esté elaborando en el momento. Se baña con esmalte negro. Ya seco está listo el vidriado. Un adornito cuesta 300 o hasta 3 mil pesos.

La siguiente parada es con Luis Morales, quien reproduce  códices y diseños contemporáneos para plasmarlos en sus jarrones y floreros. Todo su trabajo es en cerámica de alta temperatura. 
También ahí vive Angélica, su hermana. El tema de su decoración en  el papel amate es  la vida cotidiana del pueblo, así que podemos llevarnos un cuadro de la marchanta   que vende flores en el mercado,  o de una fiesta, todo  en   tinta negra. Vale la pena gastar  100 pesos en un florero de Luis, o   500 pesos en un cuadro de Angélica.

Faltan dos talleres más, pero ya tenemos hambre. En Pátzcuaro llegamos primero a   comer

sopa tarasca y un  plato de pescado  a la mantequilla. Tenemos tiempo  para la sobremesa y para admirar desde la terraza del restaurante del hotel Posada Basílica una panorámica del pueblo.

Cerquita de ahí vive Agustín. Su invernadero de orquídeas es inmenso, pero sólo adornan la casa por un tiempo porque él les extrae el jugo para mezclarlo con cañas de maíz y así formar cruces.  Las más pequeñas miden 40 centímetros de alto. Aunque pequeñas en tamaño su precio es de mil 550 pesos.

Antes de regresar a Morelia hacemos la última visita. Ahora es en Tócuaro. Vamos a verle la cara al “diablo”. Orlando, el artesano, se encarga de eso. Hay que tallar y tallar la madera, todo en una sola pieza, para hacer las máscaras endiabladas. Las decora con pinturas de acrílico. Los cuernos y los dientes son de toro.


© Queda expresamente prohibida la republicación, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL.