JUCHITÁN, Oax.— Los indígenas oaxaqueños le cantan a la muerte, pero también le lloran. Son herederos de la cultura prehispánica, aunque saben, enriquecen sus costumbres con las tradiciones católicas. En su cosmogonía persiste la creencia de que en las penumbras del más allá se trasciende a una nueva existencia.
Ese concepto de muerte, explicó la socióloga Gloria Zafra, directora del Instituto de Investigaciones Sociológicas de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, los hace diferentes al resto de los mexicanos que no cuentan o perdieron sus raíces prehispánicas.
La entidad oaxaqueña, con esa mezcla de expresiones culturales, ofrece en los días de Todos Santos y Fieles Difuntos una variada simbología mortuoria en sus 17 naciones étnicas —distribuidas en los 570 municipios—, que se nutre además con una rica gastronomía regional.
Para la investigadora Zafra, entre ese conjunto de símbolos destacan la elaboración de los tapetes de arena, la visita a los camposantos —que se convierten en romerías— y la confección de altares en las viviendas, donde se recibe la visita de las almas que son guiadas con el tañido de las campanas o la explosión de los cohetes.
A unos 40 kilómetros al sur de la capital oaxaqueña se encuentra Mitla, llamada “Ciudad de los Muertos”, donde desde tiempos ancestrales alberga un centro ceremonial que fue asiento de los primeros zapotecas. Ahí, cada 1 de noviembre las familias esperan con alegría la llegada de sus parientes difuntos.
Reír y llorar frente a la muerte refleja la visión del indígena oaxaqueño sobre la alegría y el dolor, resultado de la interpretación de la luz que producen las velas, símbolo del infinito de la divinidad y signo del limbo para la Iglesia. Por eso, esta cultura popular es única, porque es viva.
Velada de festividad
Conurbado a Oaxaca se encuentra Xoxocotlán, donde los pobladores transforman la soledad del camposanto en una velada de festividad largamente iluminada durante toda la noche, con música de bandas y alegres conversaciones aderezadas con bocadillos, mezcal y café.
Mientras que en las poblaciones indígenas afromestizas de la costa, como Collantes y Corralero, al igual que en las localidades chatinas y mixtecas, los habitantes acuden desde temprano a los cementerios para realizar labores de limpieza y por la noche convierten el silencio sepulcral en auténticas verbenas.
Las poblaciones indígenas de la región del Papaloapan recuerdan a sus muertos en sus viviendas con altares cubiertos de cempasúchil y en donde no faltan el mezcal o la clásica bebida conocida como menyules (alcohol con maracuyá), así como los tamales de yuca y los platillos de mole rojo y el amarillito.
En todas las regiones indígenas del estado de Oaxaca, durante las celebraciones de Día de Muertos, la mezcla de los cantos y el llanto están siempre presentes, como en la zona del Istmo de Tehuantepec, donde los zapotecas se esmeran para recibir en sus hogares a sus familiares difuntos, agasajándolos con los mejores altares —provistos de viandas y bebidas tradicionales como el mezcal— o el biguié, calendario antiguo de esta etnia.
“La mezcla de la cultura prehispánica con las tradiciones católicas, que está vigente en la vida de los indígenas oaxaqueños, hace que las comunidades socialicen y compartan sus dolores y querencias, dolor y alegría, porque saben que más allá de la muerte se sigue existiendo”, dijo la investigadora Zafra.
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